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Una taza de té para el señor con turbante, por favor

Por   /   Domingo, 14 | febrero | 2016  /   No hay comentarios

Imagen AP/Rui Vieira

Imagen AP/Rui Vieira

Cuando uno llega a Inglaterra y sale a la calle a pasear, acude al supermercado a hacer la compra o coge el autobús para ir hasta el lugar de trabajo, pronto empieza a percatarse de que muchos británicos no son rubios, ni tienen los ojos claros. La vida cotidiana no es cómo nos habían mostrado los libros de texto en aquellos años en los que estudiábamos la lengua inglesa en el colegio.

Si algo caracteriza a este país es la variedad. Esta isla es un amalgama de razas, culturas y religiones que conviven en un mismo espacio. Todas ellas están integradas en una misma sociedad: la inglesa. A menudo me pregunto cómo Inglaterra ha sido capaz de integrar tan bien a los inmigrantes y por qué otros países fallan continuamente en el intento.

En la pasada década se puso de moda la palabra “inmigrante” en España. Muchos de nosotros, quizá, nunca habíamos pronunciado esa palabra y, otros, tal vez, no lo hacían desde que sus descendientes tuviesen que emigrar hasta otros países con el propósito de prosperar y ayudar a sus familias. Durante la pasada década, millones de inmigrantes llegaron hasta España –especialmente desde Sudamérica, África o Europa del Este- con el mismo objetivo que los españoles varias décadas atrás. Algunos de los que decidieron embarcar en España han vuelto a sus países de origen. Sin embargo, otros continúan en nuestro país, han obtenido la nacionalidad española, trabajan y tienen hijos en nuestro país –ahora también suyo-.

La inmigración es un fenómeno asentado en Inglaterra desde hace más décadas que en el caso de España. Los países que aportan mayor número de inmigrantes a este territorio son India (9,2%), Polonia (9,1%) y Pakistán (6%), según datos del Observatorio de Migración del Reino Unido. Además, Londres es el lugar que concentra un mayor número de ciudadanos procedentes de otros países -el 39% de la población es extranjera-.

Pero, ¿cómo lograr una integración real y mutua de los ciudadanos de otras procedencias en el país en el que residen? Quizá Inglaterra sea un buen ejemplo. Gobierno, medios de comunicación y ciudadanos deben de querer ayudar  y ambos agentes tienen que involucrarse –en función de sus posibilidades- para lograr que el conjunto de la sociedad acepte equitativamente a personas de otras razas, culturas y religiones en su territorio. Si uno de estos agentes falla o no ayuda lo suficiente en el proceso, esta ardua tarea no podría llevarse a cabo.

Esta integración social debe de ser mutua: es bueno que los inmigrantes formen parte de la cultura del país de acogida pero, al mismo tiempo, también es necesario que las personas acepten las costumbres, particularidades y diferencias de aquellos que llegan. No debería molestarnos, por ejemplo, que un inmigrante hable su idioma materno, o que disfrute la gastronomía y del folklore de su lugar de origen.Lo natural es que siga teniendo vínculos.

El proceso de integración debe hacerse con total naturalidad -y eso no es tarea fácil- para fomentar el respeto y la igualdad. Probablemente, la  mejor manera para lograrlo sea desde pequeños: en el día a día de los niños en las escuelas y cuando estos llegan a casa con sus familias. En Inglaterra, niños de diversas razas, religiones o culturas acuden juntos al colegio y comparten su niñez. Crecen unidos y son amigos. Si esto sucede desde pequeños, se forjarán unos valores de igualdad y respeto que acompañarán al sujeto durante toda su vida. Habrán aprendido -entre otras muchas cosas- que las aptitudes de una persona no pueden ser juzgadas en función de su color de piel, su religión o su cultura.

En España muchos padres todavía se escandalizarían si -por ejemplo- su hijo o hija se presentase un día en casa con una pareja de orígenes africanos. Mientras que este tipo de uniones siguen chocando a algunas personas en España, en Inglaterra, por el contrario, es muy frecuente ver familias de diferentes razas. Lo mismo sucede con las amistades: muchas chicas cristianas se juntan con otras musulmanas. Pese a sus diferencias religiosas son amigas y todo ello está normalizado socialmente.

Según datos del Observatorio de Migración de Reino Unido, entre 1993 y 2014 el volumen de población que reside en el territorio y  nacida en otros lugares del mundo se duplicó -pasó de 3,8  millones de personas, hasta los 8,3 millones-. La situación de los inmigrantes en Reino Unido podría cambiar y el número podría llegar a descender en los próximos años. El actual Primer Ministro, David Cameron, está aumentando las restricciones de los inmigrantes, con lo que muchos de ellos ahora tienen más trabas para poder asentarse en los territorios europeos anglosajones.

En este país también existen ciudadanos racistas y decir lo contrario sería incierto. Discriminar a otra persona por el mero hecho de pertenecer a otra raza o grupo étnico es una ideología imperante para algunos sujetos. Claro que hay ingleses de casta a los que no les agrada que personas de distintas procedencias convivan en el país, pero el racismo está castigado penal y socialmente. Es habitual observar en espacios públicos carteles que prohíben el racismo y que animan a denunciarlo en el caso de presenciar o vivir un ataque de este tipo.

De igual forma, también existen personas de otras procedencias que no quieren relacionarse con la cultura inglesa, ni con las personas de este territorio. Optan por establecer vínculos únicamente con aquellos que comparten su lugar de origen o cultura materna  Pero son posturas poco frecuentes y lo más común es justo lo contrario: involucrarse.

Cuando frecuento una cafetería, a veces me quedo pensativa, observando a señores con turbante, que sostienen una taza de té. Mientras, en la otra mano, portan un diario inglés. Aunque, cuando lleguen a su casa, probablemente cenen un plato típico hindú. Eso me parece armonioso y el mejor camino para lograr una integración real y  beneficiosa para todos: Formar parte de la cultura del país que les ha acogido, pero, al mismo tiempo, seguir conservando las raíces y haber logrado que nadie les juzgue por ello.

 

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