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Sudán del Sur: entre el petróleo, las minas y el hambre

Por   /   Domingo, 29 | junio | 2014  /   No hay comentarios

Fotografía cedida por: Yann Libessart/MSF

Fotografía cedida por: Yann Libessart/MSF

A pesar de ser el país más joven de África y del mundo, Sudán del Sur no logra desprenderse de algunos estigmas que comparte con otros Estados africanos: la guerra por el poder y el manejo de los recursos naturales, las artificiales fronteras impuestas por los colonizadores que separaron y enfrentaron a pueblos de diferentes etnias, la crisis humanitaria y la irracionalidad de unos gobernantes que, influidos desde el exterior y teniendo en cuenta sus propios intereses, hacen imposible el Sueño Africano.

El pasado mes de abril, coincidiendo con el 20º aniversario del genocidio de Ruanda, la mayoría de los medios de comunicación internacionales recogían la matanza de cientos de personas en las localidades de Bentiu y Bor, en Sudán del Sur. Los motivos étnicos que se apuntaban como origen de los asesinatos así como la situación de latente guerra civil que vive el país (que enfrenta por el poder al actual presidente, Salva Kiir, de origen dinka, y el que fuera su vicepresidente, Riek Machar, de etnia nuer) recuerdan a uno de los capítulos más horribles de África y de la Humanidad. Sin embargo, los temores a un posible genocidio de raíz étnica parecen diluirse mientras la violencia y el caos asolan un país condenado por unos enfrentamientos motivados por la ambición del poder y del petróleo.

Como cualquier otro conflicto, la situación de combates violentos que vive Sudán del Sur es algo complejo, de múltiples capas y causas, enraizada en su propia historia, definida por las propias características de su tierra y de sus gentes, irrepetible y única en su relato. Sin embargo, cuando suceden hechos muy parecidos por sus circunstancias a otros que acontecieron en otro lugar del mundo, cuanto más en un país cercano como Ruanda, el temor ante una posible tragedia de características similares o superiores pone en alerta a todos los ojos pendientes del joven Estado africano.

Pero para entender el devenir de Sudán del Sur hay que trasladarse a su frontera con su vecino del norte, Sudán, de quien se independizó formalmente el 9 de julio de 2011, y donde las reservas de petróleo suponen el 75% de las que anteriormente poseía la República Islámica de Sudán. Sin duda, la zona más conflictiva, y que se dejó al margen de las negociaciones y del referéndum de independencia de Sudán del Sur, fue Abyei. Un territorio fronterizo fundamental en la relación del régimen de Juba con Sudán, pues posee grandes recursos petrolíferos.

Poco ha trascendido la decisión del Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya de julio de 2009, por la cual decreta que los bordes de Abyei quedaban bajo el control de los nueve jefes del grupo Ngok Dinka, de Sudán del Sur, mientras que los principales campos petrolíferos, incluidos los de Heglig y Bamboo, que no forman parte de Abyei, quedaban en manos del gobierno de la República de Sudán.

Este reparto no parece convencer a ninguna de las partes pues contribuye a la interdependencia que une a estos dos países: Sudán del Sur tiene que utilizar los dos oleoductos que posee Sudán para poder dar salida a su crudo y Sudán depende de las reservas de petróleo que existen en los territorios de Sudán del Sur.

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Desde que comenzó el conflicto en Sudán del Sur (en diciembre de 2013, cuando Machar es acusado por Salva Kiir de intento de golpe de Estado y comienzan los enfrentamientos entre fuerzas gubernamentales y grupos rebeldes) su producción petrolera ha descendido un 37%, según informaba el ministro sursudanés del Petróleo de Sudán del Sur, Steven Dieu Dau, el pasado mes de mayo. Es más, según estas informaciones, en los últimos tres años, se ha pasado de producir 350.000 barriles diarios a no superar los 165.000 en la actualidad. En la región de Unity, dentro del estado de Upper Nile, la producción está totalmente paralizada, lo que supone un duro golpe para este joven país pues en el año de su independencia el 98% de su presupuesto nacional provenía del petróleo.

Esta situación inquieta también fuera de las fronteras del continente africano, sobre todo a China y a Estados Unidos, quienes auspiciaron el Acuerdo de Paz entre el norte y el sur de Sudán en 2005. El gigante asiático, a través de su compañía estatal China National Petroleum Corporation, controla más del 40% de los consorcios petrolíferos y las exportaciones en Sudán y Sudán del Sur, según señala Jesús Diez Alcalde en su informe “Sudán del Sur, y llegó la guerra por el poder”. Esta dependencia queda refleja en los datos de 2012, cuando China importó 1,9 millones de toneladas de petróleo de Sudán del Sur.

Por su parte, aunque Estados Unidos de momento no ha movido ficha en la pugna petrolera, hay que recordar que esta potencia jugó un papel de presión fundamental para la independencia de Sudán del Sur (se hablaba de la posibilidad de sacar al régimen de Jartum del listado estadounidense de países colaboradores del terrorismo internacional, algo que finalmente no ocurrió).

Sin embargo, la posición geoestratégica de Sudan del Sur, haciendo frontera en el sur con países también ricos en recursos naturales como son República Central Africana, Uganda y República Democrática del Congo, puede ser vital para Estados Unidos y sus multinacionales con grandes intereses en la zona.

Si a esto se suma el futuro proyecto de Sudán del Sur de crear un oleoducto a través de Kenia, con la colaboración de Kenia y Etiopía y a la espera de más inversores internacionales, que atravesará la región keniana de Lamu y dará salida al océano Índico a las exportaciones del crudo sursudanés, se puede entender el acercamiento de EEUU al régimen de Salva Kiir, quien cortaría su dependencia de los oleoductos del relegado gobierno sudanés de Omar al-Bashir.

 

Lo que esconde la tierra

Las reservas de petróleo no es lo único que hay bajo el suelo sursudanés y que afecta al futuro del país y de su población. “Sudán del Sur está muy contaminado por minas y restos explosivos de guerra”, ha reconocido la Oficina de las Naciones Unidas de Servicios para Proyectos (UNOPS).

Sudán del Sur es un joven país que ha heredado, de los tiempos en que formaba parte de la República de Sudán, todo lo que dejan tras de sí dos guerras civiles. Muertos, desplazados, enfrentamientos, odios, y, también, minas antipersona y anticarros y demás munición que pocos se han preocupado de retirar.

La organización Mines Advisory Group (MAG) tiene equipos, financiados con fondos del departamento británico para el Desarrollo Internacional y del gobierno de Países Bajos, que trabajan en territorio sursudanés, donde han despejado ya una superficie de 479.631 metros cuadrados, retirado y destruido 150 minas terrestres y 2.145 municiones no explotadas. Además han conseguido destruir 9.692 armas y ayudado a 126.337 personas a través de estas tareas y talleres de concienciación sobre esta problemática.

Sin embargo, la amenaza silenciosa aún continúa agazapada en tierra. Cada despreocupado paso, según donde se dé, puede esconder una explosión que cercene un pie o una pierna al caminante o acabe con la vida de algún pequeño. “El hijo del director murió al pisar una mina Tenía sólo nueve años de edad”, relató a MAG Alfredo Ohuda, un líder de una de las comunidades que pueblan la región sursudanesa de Western Equatoria.

“Cuando volvimos después del fin de los enfrentamientos, sabíamos que los soldados habían estado aquí y estábamos preocupados por las minas terrestres, pero no sabíamos qué áreas eran peligrosas”, aseguraba Ohuda.

Sin embargo, las preocupaciones y desconfianzas deben aparcarse tras la guerra si uno quiero retornar a la normalidad de la vida. “Teníamos miedo, pero sabíamos que teníamos que cultivar comida para sobrevivir porque teníamos tan poco… Un aldeano encontró seis minas cuando estaba trabajando en los campos”, alertó este hombre.

En los últimos años, las diversas ONG que trabajan en Sudán del Sur no han tenido problemas con las minas. “No hemos registrado ningún caso de mina antipersona”, ha afirmado para este reportaje Jairo González, responsable logista de Médicos Sin Fronteras (MSF) para Sudán del Sur.

“Nos movemos con el coche y con los equipos sin tener miedo a las minas”, ha asegurado González. Una percepción que también comparte Lisa Bay, responsable humanitaria de África del Este de Oxfam Internacional, quien ha asegurado que no se habla en la zona de que “el terreno haya sido minado” recientemente.

“Hemos recibido avisos, porque sobre todo en la temporada de lluvias el terreno se mueve y hay que tener cuidado. Nos han avisado de estar atentos, sobre todo, en carreteras no asfaltadas porque sí hay peligro”, ha declarado Bay durante una entrevista para este reportaje.

 

La relativa paz y la constante sombra del hambre

Cuando en julio de 2011 Sudán del Sur alcanzaba su independencia como nuevo Estado, tanto sus gobernantes como la comunidad internacional sabían que el recién nacido país tenía mucho camino por recorrer para asegurar una vida de calidad a sus ciudadanos. La resaca de dos guerras civiles con el norte, muy prolongadas en el tiempo (la primera de 1955 a 1972 y la segunda de 1983 a 2005), que habían dejado marcado al nuevo país se juntó con los enfrentamientos derivados del intento de golpe de Estado de diciembre de 2013.

Desde esa fatídica fecha hasta la actualidad habría más de 10.000 muertos, según el informe de Díez Alcalde, 706.000 desplazados y 226.000 refugiados, según datos de la Oficina de Coordinación de los Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas (OCHA).

UNDPSin embargo, UNICEF, quien trabaja en la zona desde 1989, ha asegurado para este reportaje a través de Carmen Molina, directora de Cooperación del Comité Español de UNICEF, que la situación humanitaria ha continuado “deteriorándose” superando el millón de personas desplazadas dentro del territorio sursudanés, “1.013.700 desde que comenzó la crisis, de las que 542.074 son niños”.

“Además 359.000 personas han huido a los países vecinos: Etiopía, Kenia, Sudán y Uganda”, ha relatado Molina. Este “flujo” de refugiados a los países vecinos también ha sido detectado por otra organización que está sobre el terreno como es MSF. Su responsable Jairo González ha afirmado que entre “un 50 y 60% de los refugiados que estaban en Kenia” que regresaron a Sudán del Sur tras el acuerdo de paz de 2005, han vuelto a Kenia otra vez. Aunque, en su opinión, el “mayor flujo de refugiados” se encuentra en Uganda “porque está muy cerca de Juba y es el paso natural”.

En la localidad de Malakal, donde opera MSF España, antes del conflicto se estimaba que había unas 150.000 personas, pero a causa de los enfrentamientos, “a día de hoy es un pueblo fantasma”, ha explicado González.

Por su parte, Lisa Bay de Oxfam Internacional, ha destacado la situación en que se hallan todas las personas desplazadas con las que trabajan, casi unas 100.000 personas que “han dejado todo atrás, que han llegado con una maleta, con la ropa que tenían puesta, pero han dejado todo: todos sus medios de vida los han perdido y ha sido por el conflicto”.

Reflejo de esta huida y de la inestabilidad en que se encuentran sus vidas es la crisis humanitaria que vive Sudán del Sur en la actualidad. Casi 5 millones de personas necesitan ayuda humanitaria, según Bay, de las cuales se ha logrado llegar “con alguna forma de ayuda a 1.400.000 personas”.

Bay ha alertado también del incremento de la inseguridad alimentaria que se da debido a estos desplazamientos de población. “En Sudán del Sur hay una cosecha al año que es entre septiembre y octubre” y debido al conflicto “habrá un gran porcentaje de población que no podrá cosechar” algo que sitúa a estas personas en una situación de “vulnerabilidad” y que en el momento que tengan que recoger esa cosecha continuarán “dependiendo de la ayuda humanitaria”.

“Y esto puede durar hasta la próxima cosecha de 2015 que se da en septiembre -ha asegurado la responsable de Oxfam- Aunque se llegara a una paz, una parte de la población se encontraría en una situación de vulnerabilidad y de alta inseguridad alimentaria”.

En este aspecto coincide también el responsable de MSF. “El mayor problema se está creando ahora –ha apuntado González- Cuando los hombres iban a cosechar y no han podido hacerlo, con lo que aparte de la necesidad actual, se estima que de aquí a unos meses, cuando esta comida se necesite no va a estar”.

 

Fotografía cedida por: Yann Libessart/MSF

Fotografía cedida por: Yann Libessart/MSF

González ha calificado esta situación de “muy preocupante” y además de las urgencias médicas, de protección y de seguridad alimenticia que están sufriendo la población sursudanesa, el responsable de MSF en el país ha añadido el “miedo terrible” que tienen estas personas que deberían “vivir en sus casas”.

Según la representante de UNICEF, en Sudán del Sur existen 3,7 millones de personas en un alto riesgo de inseguridad alimentaria. De esta cifra, 740.000 son niños menores de 5 años y Molina ha alertado de que “si no se intensifican los programas nutricionales, 50.000 niños podrían morir de desnutrición”.

“El sueño de un Sudán del Sur pacífico y saludable se está convirtiendo en una pesadilla para su población y para los niños”, ha explicado Molina, quien ha advertido de que el “80% de los niños menores de 5 años en los tres estados afectados por el conflicto tienen un alto riesgo de contraer enfermedades infecciosas y de morir” y de que muchos vivan “bajo la amenaza de ser reclutados por grupos armados”.

Y es que tanto Sudán como Sudán del Sur son unos países que también se han visto maldecidos por esta práctica, muy común en muchos conflictos que es sumar menores en sus filas tanto para luchar en el frente como para hacer funciones de apoyo. Desde el fin de la Segunda Guerra Civil sudanesa, la desmovilización de menores soldados ha sido paulatina, llegando a unos 4.000 niños liberados y devueltos a sus familias a finales de 2012, según ha señalado Molina.

Sin embargo, con los nuevos enfrentamientos que está viviendo el joven Estado africano, UNICEF ha recibido informes que hablan de aproximadamente 9.000 niños reclutados hasta la fecha. “Algunos niños provienen de hogares de extrema pobreza donde los padres pueden ver el reclutamiento como una oportunidad de que sus hijos estén alimentados y protegidos”, ha explicado Molina.

Pero no solo los niños están en peligro en un escenario de conflicto y caos como el que vive en la actualidad Sudán del Sur. También las mujeres y los ancianos son grupos vulnerables como ha señalado la responsable de Oxfam, quien ha agregado que “el 95% de los refugiados sursudaneses en Etiopía son mujeres y niños”.

Cesan los disparos pero continúa la emergencia

Desde el pasado mes de mayo, el acuerdo de cese de las hostilidades firmado por Machar y Kiir parece haber dado una tregua a la población. Sin embargo, la situación de emergencia prosigue en el país y los fondos recaudados en la Conferencia de Oslo, el pasado mes de mayo, suponen solo 391 millones de euros de los 1.315 millones que asegura la OCHA que se necesitan para detener el desastre humanitario.

“Las necesidades de son muy grandes y no se está llegando a toda la población afectada –ha destacado Bay- y hay necesidad de que la comunidad internacional no solamente haga presión a las dos partes para que haya un cese de hostilidades y haya una paz, sino que también garantice el acceso humanitario y que se financien completamente las necesidades de ayuda humanitaria de la población”.

La actual situación de lluvias complica el acceso de las ONG a poblaciones remotas. “El moverse es imposible porque es un terreno especial que se empantana, por lo cual el acceso por carretera con coches es imposible”, ha explicado el responsable de MSF, quien ha apuntado que para llegar a estos pueblos y aldeas necesitan “movimientos aéreos” para poder donar comida y dar asistencia, algo que es “muy caro”.

 

Sudán del Sur no es Ruanda


Afortunadamente, a pesar de la negra sombra de las matanzas de cientos de personas en Bentiu y Bor el pasado mes de abril, no se han repetido o no se han conocidos nuevos episodios de asesinatos y enfrentamientos por motivos étnicos en Sudán del Sur. Para Jairo González de MSF el conflicto que está viviendo el país más joven del mundo es “bastante diferente” al que vivió Ruanda. “Ha podido tener un componente étnico a nivel de los poblados donde estaba la gente, pero no ha habido una organización detrás de todo esto. No creo que haya habido una organización al nivel de la que hubo en Ruanda”, ha explicado González.

Por lo que, a pesar de la falta de cohesión social y de sentimiento de identidad nacional que viven tanto dinkas como nuers como el resto de los grupos étnicos que habitan Sudán del Sur, el fantasma del genocidio étnico ruandés parece esfumarse y ser un mal recuerdo del pasado, el cual siempre perdurará para vergüenza y esperanza de la Humanidad.

 

 

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