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Hiroo Onoda, 30 años de servicio a una guerra acabada y perdida

Por   /   Martes, 21 | enero | 2014  /   1 comentario

Los horrores de una guerra nunca acaban con la bajada de armas. Los periodos de posguerra, la sangre derramada, las pérdidas humanas y materiales y el posterior sentimiento de desolación también son heridas de bala que no cicatrizan. Hiroo Onoda, un teniente japonés fallecido esta semana, combatió durante casi 30 años en una II Guerra Mundial inexistente en la que ya se habían rendido los japoneses.

Isla de Lubang, Filipinas

Isla de Lubang, Filipinas

La mentalidad japonesa, de ideología totalitaria, asunción del bushido y vergüenza por la rendición supuso una tremenda deshumanización de la guerra por parte del ejército nipón. Aunque cartas y testimonios íntimos revelan un miedo a la contienda y una desesperación de los soldados común a cualquier nacionalidad, existen casos de militares que fueron más allá de lo aceptable o lo comprensible. Años después nos llegan a los oídos andanzas como las de John Robertson, Bahridim Khakimov, o el recientemente fallecido Hiroo Onoda, que depuso sus armas casi 30 años después del fin de la guerra.

“Era un oficial y recibí una orden, si no la hubiera cumplido me habría avergonzado”. Hiroo Onoda fue leal a su Emperador y a su pueblo luchando desde la jungla de Filipinas en una Guerra ya acabada por seguir las órdenes de su Imperio. Se alistó en el ejército japonés a los veinte años dispuesto a luchar por su patria y a darle el triunfo a su Emperador y pronto se convirtió en un oficial de inteligencia y de táctica de guerrillas. En 1944, a un año del fin de la Gran Guerra, fue enviado a la isla de Lubang (Filipinas) con una orden; no caer en manos enemigas, no rendirse nunca y no quitarse la vida.

La isla fue conquistada y muchos soldados japoneses murieron en la batalla. Un año después de su llegada, la guerra había acabado, los japoneses se habían rendido. Pero el teniente nunca abandonó la que creía que era su causa, reunió y escondió a los tres soldados que le quedaban y siguió combatiendo contra los que consideraba sus enemigos, llegando a matar a treinta habitantes de la isla. Pasaron años en los que repararon una y mil veces sus gorras y uniformes y se fabricaban sandalias; siempre listos para el combate, mientras en Japón no quedaba esperanza de volver a verles con vida.

Uno de sus soldados se rindió en 1950 y regresó despertando de nuevo la ilusión de encontrarles sanos. Pero Hiroo Onoda consideraba propaganda enemiga toda octavilla que explicaba el fin de la guerra y nunca confió en las expediciones que fueron a rescatarles. Así siguió manteniendo viva durante casi 30 años su propia lucha en honor a su Emperador alimentándose con plátanos hervidos, cocos, arroz que saqueaba en poblaciones vecinas y carne de los animales que podía capturar, escondiéndose de la policía filipina y de todas las expediciones japonesas que fueron en su búsqueda y a las que siguió considerando “espías enemigos” obra de un régimen títere instaurado en Tokio por Estados Unidos.

En 1972 el “ya declarado muerto” teniente se quedo solo, sus otros dos compañeros habían muerto en diferentes contiendas de su particular guerra de guerrillas. Poco más tarde, en 1974, fue sorprendido por un estudiante japonés que tenía programado en su agenda de viajes encontrarle, toparse con un panda y descubrir al Yeti. Pero aún así Onoda no se rindió hasta que su antiguo comandante Taniguchi, ya retirado, le ordenó abandonar las armas. El 9 de marzo de 1974 depuso su espada y su rifle de cerrojo Arisaka (arma estándar del ejército japonés) y volvió a Japón, donde se le recibió como un héroe, se le perdonaron los deslices de filipinas, y donde se le pagó por sus servicios.

A su vuelta, el ex teniente comprobó que el que consideraba su país había perdido los valores tradicionales y decidió emigrar a Brasil, donde se dedicó a la cría de ganado. Regresó a su país más tarde y montó unas escuelas de naturaleza para jóvenes y narró su experiencia en un libro “No rendición: mi guerra de 30 años”. Murió allí a los 91 años hace apenas una semana por un problema de corazón, haciéndonos recordar hoy los horrores de una lucha absurda. Onoda fue el penúltimo de muchos soldados encontrados en varios países del sudeste de Asia que simbolizan la perseverancia de un pueblo fanático. Siete meses después de su aparición, le siguió Teruo Nakamura, Taiwanés, enrolado en China.

Fascina comprobar la tenacidad y el espíritu de entrega y resistencia de algunos soldados en la guerra. Historias como esta no pasan por alto lo peligroso del exceso de disciplina militar. Todo un caso de estudio tanto psicológico, como médico, de supervivencia y militar. “Victoria o derrota, yo he hecho todo lo que he podido” respondió el subteniente japonés Hiroo Onoda en 1974 al enterarse de la derrota de Japón.

 

Sobre el autor

Aprendiz de la vida y periodista

Me puede la curiosidad por saber todo lo que pasa a mi alrededor, no me canso de luchar por la verdad y sueño con cambiar un poco el mundo.

1 comentario

  1. lucia_ac8@hotmail.com' Lucía Agustín dice:

    No deja de ser una historia curiosa pero, como bien dices, fuera de lo anecdótico, cabe preguntarse por los riesgos que conlleva la disciplina militar y hasta dónde puede llevar al ser humano.

     

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