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Estado Islámico y Libia: una puerta a África

Por   /   Miércoles, 20 | enero | 2016  /   No hay comentarios

A pocas semanas de cumplir el primer año del despliegue en el Norte de África, las tropas francesas suman el mayor efectivo en ultramar desde la época colonial. Lejos de perder legitimidad, su misión está ganando urgencia en los últimos meses: controlar las rutas de contrabando de petróleo utilizadas por diferentes grupos yihadistas y frenar la expansión de estos grupos que suponen un peligro para la seguridad africana e internacional.

Tropas francesas al sur de la frontera Libia. Carlotta Gall/The New York Times

Tropas francesas al sur de la frontera Libia. Carlotta Gall/The New York Times

El ataque a varias terminales petroleras vivido en los últimos días por el Estado Islámico ejemplifica la realidad en la que se ve sumido el país norteafricano. El país, que lleva más de cuatro años sumido en la ingobernabilidad, es incapaz de controlar su territorio y, por tanto, permite la proliferación de autoridades paralelas que controlan el territorio libio. Con dos gobiernos divididos que reivindican su legitimidad legal, el vacío de soberanía del planeta que se vive en Libia se ha convertido en una amenaza a nivel global  que la comunidad internacional ha sido incapaz de manejar. En un territorio controlado por más de siete milicias enfrentadas, el avance de diferentes grupos extremistas parece imparable, como planteaban meses atrás los delegados especiales de la ONU que se trasladaron para negociar los términos del gobierno.

En este escenario muchos de estos grupos enfrentados se han alineado con Al-Qaeda, convirtiéndose en sus filiales en el norte de África como venían haciendo desde 1990. Sin embargo, con la reciente creación del Estado Islámico y sus franquicias, el poder yihadista se ha desatado, aumentando exponencialmente en número y en intensidad de la competencia entre grupos. Esta competencia entre diferentes facciones de una misma lucha se traduce a menudo en enfrentamientos directos por el control de los recursos como el vivido con los ataques a los diferentes puertos petroleros del norte del país.

Sin embargo, esta aparente competencia preocupa a los diferentes grupos de expertos que apuestan por un aumento de la colaboración entre los diferentes grupos yihadistas que estarían utilizando diferentes métodos de ayuda mutua como la formación y el entrenamiento de reclutas, el uso compartido de tácticas militares, estrategias de medios o transferencia de fondos. En un territorio como Libia (donde falta la autoridad y hay excedentes de petróleo y facilidades de transporte como puertos), el fortalecimiento de grupos extremistas como Al-Qaeda o el Estado Islámico supone una amenaza para Europa y Oriente Medio que ven en el país una puerta a África para estos grupos.

En países como Mali, donde el control de los grupos extremistas ha tenido como resultado diferentes ataques terroristas como el vivido el noviembre en el hotel Radisson Blu, las capacidades de estos grupos se traducen en la configuración de una autoridad que deja tras de sí cientos de muertos en ataques diarios. Estados Unidos ya ha movilizado su Congreso en torno al peligro que estos grupos suponen en África, donde están creando un fuerte foco de inestabilidad internacional a través de una “red cada vez más cohesionado de filiales, adheridos y simpatizantes islamistas, que continúan abriéndose paso por toda África”, según comunica el Comando Americano en África.

Familiares de uno de los coptos decapitados por el Estado Islámico. Fuente: Associated Press

Familiares de uno de los coptos decapitados por el Estado Islámico. Fuente: Associated Press

En este escenario, Libia se impone como territorio de prácticas, un área donde se está desarrollando el reclutamiento, la financiación, el entrenamiento y las operaciones que luego son determinantes para la seguridad en toda África. Algunas de las prácticas con las que esta autoridad extremista se muestra son abusos a civiles, torturas y matanzas. El caso de las supuestas decapitaciones a cristianos coptos por el Estado Islámico enfrenta a esta realidad donde las fuerzas yihadistas ganan terreno cada día. Esta masacre es sólo la más reciente de una serie de ataques que ha reivindicado el Estado Islámico, sumándose al ataque a un hotel de Tripoli el pasado enero. 

Al Qaeda, Boko Haram, el Estado Islámico y sus respectivas filiales son algunos de los grupos yihadistas que siguen activos en el Norte de África en 2015.  La aparición del Daesh en un territorio en disputa ha levantado incógnitas ya que la trayectoria del Estado Islámico confirma que la organización prefiere implantarse en lugares con una composición étnica heterogénea donde los enfrentamientos entre ramas del Islam permitan el triunfo de la doctrina. Sin embargo, este movimiento debe de entenderse como una estrategia del Estado Islámico para expandir su área de control, lo cual asegura la entrada de recursos y el poder geopolítico que ello conlleva.  

Resulta significativa la aportación que la entrada del Estado Islámico en Libia ha supuesto para el resto de organizaciones que han visto en este hecho un aliciente para sus acciones armadas. El aumento de ataques suicidas en Libia, Túnez o Chad, así como el mayor uso de explosivos en Mali sugieren un cambio estructural en estos grupos hacia un endurecimiento de posturas, sumado a la acción conjunta de Al-Qaeda y Al-Mourabiton y la reunión entre fuerzas yihadistas.

Fuente: The New York Times

Fuente: The New York Times

A día de hoy, y a pesar de los esfuerzos militares del gobierno francés y estadounidense, estos grupos siguen disputándose el control y la entrada al continente. Pese a esta realidad, Francia ha instalado más de 3500 tropas en los cinco países más vulnerables: Mauritania, Mali, Níger, Burkina Faso o Chad, mientras que americanos e ingleses se despliegan en Níger y Camerún con menor presencia. El propósito es la ruptura de comunicaciones de estos grupos islamistas y la destrucción de la línea de suministros con Libia (donde comercian con armas, petróleo y drogas). 

Sin embargo, esta estrategia parece pobre ante la magnitud de las circunstancias a las que se enfrentan. Como planteaba el último coordinador del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y coordinador del comité que monitoriza las sanciones de Al-Qaeda, Hans-Jakob Schindler, los gobiernos débiles y el caos político son determinantes en la aparición del terrorismo. La creación de campos de entrenamiento en Libia en los últimos cuatro años representa la amenaza nacional e internacional a la que nos enfrentamos, con una importancia significativa en África.

Soldado francés en las inmediaciones de una de sus bases en Libia.  Fuente: Agence France-Presse — Getty Images

Soldado francés en las inmediaciones de una de sus bases en Libia. Fuente: Agence France-Presse — Getty Images

Resulta especialmente preocupante el aumento del número de combatientes extranjeros y la presencia de grupos globalizados de terroristas que comparten un mismo trasfondo, sobre todo en el Norte de África y el Sahel, territorio especialmente vulnerable. A pesar del intervencionismo y el aumento de los esfuerzos en seguridad, continúa creciendo el número de reclutados en los diferentes grupos de la yihad, así como aparecen nuevos grupos terroristas como el Frente de Liberación de Massina.  La competencia entre grupos además supone un reto desde el punto de vista de seguridad ya que éstos se ven motivados para demostrar sus potencialidades e inspirar y reclutar a un mayor nivel.

Libia se está convirtiendo en el campo de pruebas para el yihadismo. Supone un área estupenda para poner en práctica sus tácticas de  guerra pero, al mismo tiempo, ofrece un nuevo escenario para desafiar a Europa. El interés en este país puede considerarse tanto estratégico como dialéctico y ejemplifica perfectamente la lógica del Estado Islámico. Una lógica ante la cual es necesario redefinir el discurso occidental ante la pérdida evidente de legitimidad a la que nos enfrentamos. 

 

 

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