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El eco de las explosiones terroristas

Por   /   Miércoles, 8 | febrero | 2017  /   1 comentario

Ayer, 7 de Febrero de 2017, un hombre se inmolaba en el aparcamiento del Tribunal Supremo de Afganistán, en Kabul. 21 personas han muerto y otras 41 han resultado heridas en un país sumido en la violencia.

Ocurría en torno a las 16:00 (hora local), según informaba EFE. El atacante, cuya identidad es todavía desconocida, se aproximaba al aparcamiento del máximo organismo judicial afgano y hacía explotar las bombas que llevaba en su chaleco. Si bien todo apunta a que su objetivo eran los empleados del tribunal, que solían frecuentar la zona y, de hecho, abandonaban las instalaciones en aquel momento, la mayoría de las víctimas han sido civiles residentes en un bloque de apartamentos cercano. No obstante, algunos de los trabajadores sí se encuentran entre los damnificados. El Ministerio de Sanidad pública del país confirmaba, a través de su portavoz Wahidullah Mayar en Twitter, las cifras de fallecidos y heridos:

La autoría de este atentado no ha sido reclamada aún por ningún grupo terrorista, pero los talibanes ya habían advertido que los órganos judiciales del país estaban entre sus objetivos. El pasado mes de enero llevaron a cabo otro atentado similar en el parlamento, en el que hubo 110 heridos y 38 muertos. El 2016 ha sido el año más violento para la población afgana, cuyo gobierno sólo controla un 57% del país.

Policía afgana

Fuerzas de seguridad afganas vigilando la zona del atentado. Foto: CNN.

 

Estas situaciones de terror son similares a las que sufren otros países islámicos, en los que los grupos radicales tienen presencia constante o luchan por el poder. Pero son situaciones que, al parecer, “nos pillan lejos”. Demasiado como para poder salpicarnos. Porque ya lo dice el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”.

Cuando el yihadismo tiene lugar en nuestras aguas, todos temblamos. Vestimos nuestras redes sociales y “todos somos” nuestro vecino afectado. Sentimos miedo, pues lo que ocurre al lado, puede hacerlo todavía más cerca. Y los informativos nos muestran el dolor de las víctimas, de modo que empatizamos. Todos somos entonces compasivos. Todos nos tomamos nuestra buena dosis de humanidad.

Sin embargo, aquello que nos horroriza cuando tiene lugar en occidente, es el día a día del otro lado. Pero entre ellos y nosotros hemos erigido un muro invisible y efímero mucho más grande que aquel de Trump por el que tanto nos indignamos. A nuestros países llegan personas que huyen de lo mismo que nos amenaza a nosotros y nos hace temer, pero, en vez de considerarlos víctimas de un enemigo común, los consideramos el enemigo. Son parte de la amenaza, o están bajo sospecha de serlo. 

No hay atentado que deba ocurrir. Cualquiera de ellos es una muestra de horror y barbarie condenable. Pero de todos ellos solo unos resultan merecedores de una atención prolongada. Solo algunos nos hacen cambiar la foto de perfil o el estado de ánimo virtual. Solo algunos ocupan la sobremesa más allá de un minuto informativo. Otros, se leen muy rápido. No son virales.

Y así seguimos con nuestra rutina, silenciando el eco de las explosiones terroristas… Salvo cuando estas vuelven a resonar demasiado cerca.

 

Sobre el autor

Filóloga Hispánica. Escritora freelance. Actualmente, estudiante de Periodismo Transmedia de la UNED en colaboración con la Agencia EFE.

1 comentario

  1. Periodismo Multimedia de Agencia dice:

    Excelente artículo y excelente reflexión Nora. Parece, como bien dices, que no todos los atentados son iguales o que no sentimos el valor de la vida humana de la misma forma. Es realmente triste.

     

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